Los ciudadanos tenemos el derecho a estar informados, conociendo todas las aristas de los sucesos que nos afectan como país. En este sentido, es importante que se les brinde la misma proporción de espacio a todos los protagonistas, pero lo esencial, es que se tengan en cuenta las ideas. De esta manera nos ahorraremos espectáculos innecesarios, peroratas sin pies ni cabeza, desnudos irrelevantes; cuyo fin próximo es probablemente visualizar una causa, pero su fin último, indudablemente, no es más que por medio de los gritos darse a conocer. Desde esta perspectiva, los periodistas de esta nueva era tienen una doble misión:
1) Convertirse en el canal que sirva para trasmitir los mensajes de manera objetiva.
2) Luchar contra su inherente subjetividad.
Para poder lograr estas dos grandes tareas y colocar la primera piedra de un nuevo tipo de comunicación es esencial que los periodistas se auto eduquen para de esta forma no caer en la trampa de pensar que la realidad solo la poseen los que más gritan, o los que mejor saben lanzar una piedra. Sino entender que la realidad es un conjunto de sucesos interconectados que muchas veces son interpretados de acuerdo a la cultura del lugar donde se presenta, y luego es convertida en un tipo de mensaje que puede ser aprovechado por cualquiera con la suficiente malicia para cortarla en partes y usar solo la que convenga a sus intereses.
Evidentemente es una ardua tarea, porque hay que reconocer que el ciudadano de a pie se informa mediante fragmentos de información; muchas veces reenviadas sin pensar desde whatsapp o compartidas alegremente en alguna red social. Y es debido a esto que los medios tradicionales, por la lentitud que han demostrado en ocasiones en informar sobre una noticia, porque estos se deben a códigos deontológicos que les obligan a contrastar y verificar la información antes de transmitirla, se están volviendo obsoletos.
Respecto a los nuevos medios digitales, que aprovechando una ola creciente de necesidad de inmediatez, se han dado a la tarea de atragantarnos con información fugaz que luego de 5 minutos y 2 memes es tratada como si nunca hubiera existido, disminuyendo así el debate a frases e imágenes descontextualizadas que se van viralizando como una peste que llega tan rápido a los paneles de opinión como a aulas universitarias.
En este sentido, hay que reconocer que probablemente los culpables seamos nosotros los ciudadanos, porque se nos ha vuelto más cómodo, compartir que contrastar, gritar que debatir, lanzar una piedra que proponer. Por eso la solución está en la educación, que es el único medio que hasta ahora nos ha permitido abrir los ojos y conocer alternativas, quitándonos el vendaje con el que conveniente se nos ha mantenido callados y contentos, subsistiendo de lo que sobra después del reparto.